La semana pasada estuvimos en Israel invitados por su Oficina Nacional de Turismo y por la línea aérea Spanair, que conecta con tres vuelos a la semana Barcelona con Tel-Aviv. La verdad es que el viaje fue espléndido por muchos motivos: unos excelentes compañeros de viaje, un presstrip muy completo y bien organizado y, cómo no, un destino increíble y que invito sin duda a todos mis lectores a que lo conozcan.
De este viaje saldrán varios reportajes, clips de vídeos y posts con los que esperamos ilustrar cuáles son los enclaves turísticos que más nos gustaron de este país y dar al lector/espectador nuestro particular punto de vista de uno de los lugares más interesantes que últimamente hemos visitado.
Para ir abriendo boca (y en este caso nunca mejor dicho) me gustaría hablar de la gastronomía israelí, un atractivo más que tiene este país y que sin duda recomiendo. Para empezar diré que es exquisita por la calidad y por la variedad de ingredientes que se usan en su cocina. Y esta diversidad se debe en parte a las influencias que la cocina judía ha recibido a lo largo de los siglos ya que este pueblo ha vivido en muchas partes del mundo. Los que se encargaron de transportar y aglutinar esta sabiduría culinaria en este país fueron los Olim, es decir, los judíos que emigraron hacia Israel a partir de 1948.
En este sentido, en la gastronomía israelí hay platos marroquíes, yemenitas, rusos, árabes, polacos…que hacen de la comida israelí una de las mejores del mundo y prueba fundamental de que la mezcla de las culturas potencia los sabores en los fogones. Y no sólo en la cocina.
Durante mi viaje a Israel me sorprendió la llamada gastronomía kosher, que se refiere a aquella que es tratada bajos los preceptos de la Biblia. Estas recomendaciones aparecen en el Levítico, el tercer libro del Pentateuco. En la gastronomía kosher se siguen a rajatabla algunos de esos consejos. Por ejemplo, nunca se sirve un plato de carne con leche (o producto láctico) porque, según la Torá o ley judía, “un cabrito no debe ser cocido en la leche de su madre”. Tampoco comen cerdo ni conejo por no tener pezuñas hendidas ni ser rumiantes. Y en lo que se refiere al pescado sólo se pueden comer aquellos que tienen escamas. Por lo tanto, el marisco no sería considerado kosher. Podría escribir 20 posts sobre estos preceptos pero sólo he querido dar unas pinceladas de los que considero más importantes.
El término kosher también se puede aplicar al vino. En este viaje a Israel tuve la oportunidad de visitar la bodega Domaine du Castel, ubicada a unos 40 kilómetros de Jerusalén. Israel, al tener clima mediterráneo cerca de la costa, es un buen lugar para cultivar vides y de momento sus vinos van subiendo escalones en las clasificaciones internacionales. En el país hay aproximadamente unas 300 bodegas y algunas de ellas producen vino kosher. ¿Y qué particularidad tiene este vino para que sea considerado como tal? Muy sencillo. Para que sea vino kosher sólo pueden estar en contacto con él de manera directa las personas que son muy religiosas. Es decir, una persona no religiosa que toque con sus manos cualquier parte de su proceso de producción “contamina” el vino y éste dejaría de ser kosher.
Las bodegas israelíes que producen vino kosher exportan la mayor parte de su producción a Estados Unidos donde allí tienen bastante éxito sus caldos. Sólo por el hecho de tener esta etiqueta hace que su precio sea superior (un vino kosher puede triplicar su valor en el mercado) pero esto no es ningún impedimento para que los judíos de Norteamérica compren este vino ya que, de alguna manera, se sienten así más conectados con sus orígenes. En conclusión, el hecho de producir vino kosher no sólo responde a un imperativo religioso sino a una clara estrategia de marketing para posicionar mejor estos vinos y poderlos vender a un precio mayor fuera de su país. ¿Pero quién ha dicho que la religión esté reñida con los negocios?
Fotos: Tomcom Vídeo

